La mujer lo miraba de pies a cabeza, sus ojos brillaban. Y él, se daba cuenta de aquello. La Deslumbro su color dorado, que resaltaba por sobre lo opaco del color reinante en el lugar. La cremita nocturna que se compraba sagradamente cada 15 días le ayudaba a mantener mas saludable su tersa piel. Las manos del galán, suaves por no haber tomado nunca ni el martillo ni la pala del inmenso patio trasero, esas herramientas que solo ocupaba "El Ernesto" (como llamaba al anciano que arreglaba las flores del jardín, con mas ímpetu y dedicación de lo que nunca podría arreglar su propia vida), rozaron calidas las tensas manos de la mujer. La primera mirada cómplice (la primera segura y no espía), acaloró la entrepierna de ambos al instante. Unos treinta extraños se aglutinaban ajenos en aquel momento. Ajenos a la mirada, al roce, al latir, a la excitación, a la humedad, a la erección, a la existencia. Pero ahí estaban, dos en una habitación para cientos. Cientos, cuando solo debían ser dos. La mujer abalanzo la sonrisa que permitía comenzar el juego, incrédula ante la posibilidad de que un hombre como el la tomara en cuenta. Mil de esos juegos, mil sonrisas, no hacían que estuviera tranquila. Inconciente, sentía una inferioridad ante ese hombre que escupía en cada movimiento seguridad. Imaginaba sin quererlo al jefe de su pega, ese que no miraba a los ojos, el mismo que gritaba con fuerza para que todos comenzaran el trabajo en las mañanas. Cinco gritos por semana, veinte gritos por mes, y eso por tres años. Pero este no gritaba, y la miraba a los ojos. Con esos ojos que no se ven muy a menudo por las calles de pavimento parchado. Tampoco vestía con el buzo elegante del Sergio, que también la miraba. Pero no era lo mismo. Con la imprudencia necesaria que solo se aprende en los aposentos suntuosos de la desfachatez, el hombre, con elegancia pero asumido en postura de cacería primitiva y animal, se acerca a la mujer y le arroja unas palabras llenas de hormonas, banalidad, egocentrismo. Llenas de mierda. La mujer no lo escucho, solo miró los labios del hombre que no intentaba saber su nombre. Bastaron unos minutos (quizás fueron horas) para que aquella "pareja" comenzara el ritual ancestral de la previa precopula. Manos suaves de niño mimado, tocaban nuevamente, pero esta vez con mas entusiasmo, las ásperas manos de la mujer. Los cuentos enseñaban que debía ser al revés. Manos de princesa con la hermosa princesa, manos de guerrero en las del valiente príncipe. No existen ni los cuentos, ni las princesas, ni los príncipes de azul sangre. No existen los finales felices, ni las hadas.
La habitación ya era para ellos dos. Se sentía el eco envolvente del Son que madrugaba sin siquiera haber dormido. Las ropas sobraban, las caricias se multiplicaban y las manos ásperas imaginaban ser suaves como la del hombre mimado. La penetración fue un paso tan rápido que no se dieron cuenta de como llego. el movimiento sincronizado permitía que el Son llevara el ritmo de vez en cuando. De vez en cuando también, la mujer imaginaba un futuro que no llegaría ni a la puerta del cuchitril del dueño de casa.
El cuerpo de la mujer no era como el se lo imaginaba, claro, el gimnasio al cual iba diariamente le permitía ver y oler cuerpos esbeltos y tonificados. Cuerpos sin mas preocupación que la de lucir bien ante la masa rasca y ordinaria, que solo podría verlos sin tocar, masturbándose y soñando con ellos, cual plasma en vitrina, cual auto cero kilómetro, cual manos suaves de hombre mimado.
El cuerpo del hombre mimado-egocéntrico era algo q ella no se imagino jamás, claro, su trabajo le impedía ver mas hombres que ha Víctor, el compañero de labores, que ya iba por sobre los sesenta, y a Sergio, el muchacho del buzo elegante que se la joteaba cada vez que tenia oportunidad. Tampoco podía ejercitar su cuerpo, no la dejaban, no tenía tiempo, tampoco le daban ganas en realidad.
El ritmo aumentaba, los gemidos se hacían cada vez mas intensos, opacando el Son que aun acompañaba a la "pareja". El sonido de la cama, el crujir clásico de las cintas porno, le hacían creer justamente eso al hombre-mimado-egocéntrico-deotraclase. Por su mente aparecían imágenes de la hija de la nana, esa morenita que vio de pequeña. Toma puta de mierda, nació derepente entre la humedad, la excitación, el aroma a sexo, y el Son. ¿Te gusta cierto? ¿Te gusta mi pico dentro tuyo verdad? Comenzó a repetir. Te gusta la tula con plata ¿verdad conchetumare? La mujer-áspera-inferior-deotraclase no decía nada. De un golpe apareció su jefe como un destello, gritándole en la mañana para que comenzara a trabajar. Sin mirarla a los ojos. Estaba ahí, bajo el hombre que le gritaba, en pelota, pero quieta y sumisa ante la violencia del hueon maricon que tenia sobre ella. De pronto acaba dentro. No la mira a los ojos, tampoco le grita, toma sus cosas, y sale del cuchitril (a esas alturas el dulce aroma de sexo, pasaba a ser un hediondo olor a cuerpos sudosos.)
Lunes en la mañana. Las manos aun ásperas, aun cuando a utilizado dos días mucha crema, toman el bolso gastado que lleva ropa, comida, y mas crema. Llega un poco mas temprano. Se sienta junto a Víctor, el sesentón que trabaja hace mas de 20 años en el mismo puesto. No saca como siempre el pan con margarina que le manda su mujer. Toma una revista, de esas que hablan de trabajo, derechos, y quien sabe cuantas cosas mas. Oye mujer, ¿te hay dao' cuenta como estos hueones con plata nos meten la tula?
Llega el jefe, mas puntual que nunca. Pasa por el pasillo sin mirar a nadie, solo gritando para que comience el trabajo. La mujer lo mira, luego a Víctor: Si, me doy cuenta, murmura.
Weon me gusto kleta
ResponderEliminarHas progresado pequeño saltamontes