Había una vez, en una tierra tan antigua como perdida en la soledad del olvido, un pequeño muchacho que no lograba entender las circunstancias de su propia existencia. Como muchos a aquella edad , las preguntas surgían tan naturalmente que para los adultos, encerrados en una materialidad tan plástica como virtual, era difícil responder hasta lo mas evidente. Las preguntas tenían como respuestas silencios tan largos que el niño comenzó a crecer con ellos, creció escuchando solo los latidos de algo que se encontraba dentro de su sencillo cuerpo de niño. Sin embargo, la sencillez de lo evidente tomo luego, con el tiempo, tintes tan complicados que la verdad se torno tan oscura como la mentira podía ser de una claridad abrumadora. La soledad pareció ser una buena compañera y ya no escuchaba el latido de aquello que aun le pertenecía. De un pequeño travieso, paso a ser un malvado muchacho: para él ya no existían respuestas, ni siquiera silencios, solo miradas que no lograba entender, tal vez, que no quería comprender. Los cuentos de hadas no existían en su tierra, existían de pronto, para algunos niños que jugaban con ellas en los patios de sus casas. Para él los cuentos se habían acabado hace mucho tiempo: ya podía ser jusgado por los supremos señores de su tierra, y valla que lo hacían con gran exactitud. ¿Bastaba una respuesta para cambiar lo que venia para el niño/hombre?. Pues claro que no, la vida ya le había reservado este destino, ¿pero que destino? exclamo su memoria aturdida tratando de reponer años de olvido - El destino que nosotros tenemos para ti, repaso de pronto una leve brisa que venia de un lugar allá arriba en las alturas, un lugar prohibido para seres sin respuestas, sin preguntas, sin latidos, como él.
De pronto, aquella memoria, encerrada en algún lugar sin tiempo, logro florecer un pensamiento tan claro que todo su ser se tambaleo confortablemente en una nueva sensación. Logro esbozar para si mismo una sonrisa, aquello que estaba tan negado para los de su condición. Y los señores se preocuparon pues la alegría era solo para ellos. El niño/hombre logro sonreír, luego reír, y todos miraron esa extraña reacción ¿Acaso es contagioso ese estado? se preguntaban, ya que se sumaban aquellos que también lograban reír junto a él. Los señores, tan sabios como benévolos, condujeron así su felicidad a una felicidad tan plena como podía ser posible. Ahora reían con aquello que los señores decían se debía reír, y lloraban con lo que los señores decían se debía llorar. Un susurro se asomo por la ventana del niño/hombre, ahora lo entendió, con claridad. Sin esperar respuestas, su mente volvió a aventurar preguntas, y sin mas preámbulos, apareció el latido que aun le pertenecía. Miro de frente la sencillez que tenia a su vista, casi lo espanto esa simple verdad. Ningún destino lo controlaba, a ningún señor obedecía, nada le decía por que reír o por que llorar. La libertad que anhelo, sin entender, aun no era suya; muchos reían sin mirar al cielo, y él los observaba, perplejo, ante aquella simple realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario